La Pasión de Cristo (Parte 1)

13 04 2006


Si hemos muerto con él, con él también viviremos. Si sufrimos pacientemente con él, también reinaremos con él. Si lo negamos, él también nos negará.

2ª Carta Timoteo 2, 11-12

«Los verdugos llegaron con látigos y cuerdas que depositaron al pie de la columna. Eran seis hombres de piel oscura y más bajos que Jesús […] Malhechores de la frontera de Egipto […] y los más perversos de ellos ejercían de verdugos en el pretorio. Estos hombres habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta la muerte a algunos pobres condenados. Parecían bestias o demonios y estaban medio borrachos. Golpearon a Nuestro Señor con sus puños y lo arrastraron con las cuerdas a pesar de que Él se dejaba conducir sin resistencia: una vez en la columna, lo ataron brutalmente a ella […] No se puede describir la crueldad con que esos perros furiosos se comportaron. Le arrancaron los vestidos […] Jesús temblaba y se estremecía delante de la columna. Se acabó de quitar Él mismo las vestiduras con sus manos hinchadas y ensangrentadas […] volvió un instante la cabeza hacia su Madre, que estaba rota de dolor en una esquina cercana a la plaza […] Fue sujetado con violencia a la columna […] y comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado desde la cabeza a los pies. Los látigos o varas que usaron primero parecían de madera blanca y flexible […] El Dios verdadero hecho hombre temblaba y se retorcía como un gusano bajo los golpes. Sus gemidos suaves y claros se oían como una oración en medio del ruido de los golpes. De vez en cuando los gritos del pueblo y de los fariseos llegaban como una ruidosa tempestad y cubrían sus quejidos […] una trompeta sonaba en medio del tumulto para pedir silencio.

El balido de los corderos

Entonces, se oía de nuevo el ruido de los azotes, los quejidos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos, y el balido de los corderos pascuales que eran lavados en la piscina de las ovejas. Ese balido era un sonido conmovedor; en esos momentos eran las únicas voces que se unían a los quejidos de Jesús. […] Yo vi jóvenes infames que preparaban varas frescas cerca del cuerpo de guardia; otros iban a buscar varas de espinas. Algunos agentes del Sumo Sacerdote y el Consejo daban dinero a los verdugos […] Pasado un cuarto de hora, los dos verdugos que azotaban a Jesús fueron reemplazados por otros. El cuerpo del Salvador estaba cubierto de manchas negras, azules y coloradas y su sangre corría por el suelo. […] La segunda pareja de verdugos empezó a azotar a Jesús con redoblada violencia. Usaban otro tipo de vara. Eran de espino, con nudos y puntas. Sus golpes rasgaron toda la piel de Jesús, su sangre salpicó a cierta distancia y ellos se mancharon los brazos con ella. Jesús gemía y se estremecía […]
Dos nuevos verdugos sustituyeron a los últimos. Éstos pegaron a Jesús con correas que tenían en las puntas unos garfios de hierro, con los cuales le arrancaban la carne a cada golpe […] Sin embargo, su rabia aún no estaba satisfecha; desataron a Jesús y lo ataron de nuevo a la columna, esta vez con la espalda vuelta hacia ella […] y le ataron las manos por detrás. Su mucha sangre y la piel destrozada cubrían su desnudez. Entonces se echaron sobre Él como perros furiosos. Uno de ellos le pegaba en la cara con una vara nueva. El cuerpo del Salvador era una sola llaga. Miraba a sus verdugos con los ojos arrasados de sangre y parecía que les suplicara misericordia, pero la rabia de ellos se redoblaba y los gemidos eran cada vez más débiles.

La horrible flagelación había durado tres cuartos de hora sin interrupción, cuando un extranjero […] cortó rápidamente las cuerdas y se escondió en la multitud. Jesús cayó sin conocimiento al pie de la columna, sobre el suelo empapado en sangre. […] Mientras estaba tendido vi a un ángel ofrecerle de beber de una vasija un brebaje luminoso que le dio fuerzas. Los soldados volvieron y le pegaron patadas y palos, obligándolo a levantarse. […]
Vi a la Santísima Virgen en trance continuo durante la flagelación de nuestro divino Redentor. Ella vio y sufrió con un amor y dolor indecibles todo lo que sufría su Hijo. Muchas veces salían de su boca leves quejidos y sus ojos estaban anegados en lágrimas […] Eran las nueve de la mañana cuando acabó la flagelación.
La coronación de espinas se llevó a cabo en el patio interior del cuerpo de guardia. Había allí cincuenta miserables, esbirros y esclavos, y otros de la misma calaña. […] En medio del patio había un fragmento de pilar; pusieron sobre él un banquillo muy bajo, y lo llenaron de piedras puntiagudas. le quitaron a Jesús nuevamente la ropa y le colocaron una capa vieja, cololrada […] Lo arrastaron al asiento y lo sentaron brucamente en él; entonces le ciñeron la corona de espinas a la cabeza y se la ataron fuertemente por detrás. Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas vueltas a propósito hacia dentro […] Le pegaron con tanta violencia sobre la corona de espinas que sus ojos se llenaron de sangre. Se arrodillaron ante Él, le escupieron la cara y lo abofetearon […] Jesús sufría una sed horrible a causa de la fiebre provocada por sus heridas; temblaba. Su carne estaba abierta hasta los huesos, su lengua contraída, sólo la sangre sagrada que caía de su cabeza refrescaba sus labios entreabiertos. Esta espantosa escena duró media hora.


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