La Pasión de Cristo (Parte 2)

13 04 2006

«Ecce homo»

[…] Fue conducido de nuevo a Pilatos. Resultaba irreconocible a causa de la sangre que le cubría los ojos, la boca y la barba. Su cuerpo era pura llaga; andaba encorvado y temblando. Cuando Nuestro Señor llegó ante Pilatos, este hombre débil y cruel se echó a temblar de horror y de compasión, mientras el populacho y los sacerdotes, en cambio, seguían insultándole y burlandose de Él. […] Era un espectáculo terrible y lastimoso y una exclamación de horror recorrió la multitud, seguida de un profundo silencio cuando Él levantó su herida cabeza coronada de espinas […] Señalándolo con el dedo, Pilatos exclamó: «Ecce homo!» […] Pilatos vio que sus esfuerzos eran inútiles […] Mandó que le trajesen agua y él gritó desde lo alto de la terraza: «Soy inocente de la sangre de este justo, vosotros responderéis de ella.» Entonces se levantó un grito horrible y unánime de toda la gente reunida allí desde todos los pueblos de Palestina, que exclamaron: «Que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos».
[…] Pilatos escribió la sentrencia, y los que estaban detrás la copiaron tres veces […] Parecía que el ángel de la cólera conducía su pluma. «Forzado por el Sumo Sacerdote, los miembros del Sanedrín y el pueblo a punto de sublevarse, que pedían la muerte de Jesús de Nazaret como culpable de haber agitado la paz pública, blasfemado y violado su ley, se lo he entregado para ser crucificado […]».

Los perversos que lo rodeaban le desataron las manos para poderlo vestir; arrancaron de su cuerpo, cubierto de llagas, la capa roja que le habían puesto por burla y al hacerlo le abrieron muchas de las heridas […] Como la corona de espinas era muy ancha e impedía que le cupiese la túnica oscura sin costura que le había hecho su Madre, se la arrancaron de la cabeza, y todas sus heridas sangraron de nuevo con indecibles dolores.
[…] Los soldados, con gran esfuerzo, colocaron la pesada carga de la cruz sobre el hombro derecho de Jesús. Vi a ángeles invisibles ayudarlo, pues si no, no hubiera podido con ella […] La trompeta de la caballería de Pilatos tocó y uno de los fariseos, a caballo, se acercó a Jesús, arrodillado bajo su carga, y le dijo: «Ahora se han acabado las bellas palabras. ¿Arriba!». Lo levantaron con violencia […] Mediante cuerdas atadas al pie de la cruz, dos soldados la sujetaban en el aire por detrás; otros cuatro sostenían las cuerdas atadas a su cintura […]

Asaetado por dolores infinitos

Finalmente, iba Nuestro Señor, con los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo el peso de la cruz, temblando, y lleno de llagas y heridas, sin haber comido, ni bebido, ni dormido desde la cena de la víspera, debilitado por la pérdida de sangre, devorado por la fiebre y la sed, y asaeteado por dolores infinitos; con la mano derecha sostenía la cruz sobre su hombro derecho; con la mano izquierda, exhausta, hacía de cuando en cuando el esfuerzo de levantarse su túnica, con la que tropezaban sus pies heridos […] Sus manos estaban heridas por las cuerdas, su cara estaba ensangrentada e hinchada, su barba y sus cabellos, manchados de sangre, el peso de la cruz y las cadenas apretaban contra su cuerpo el vestido de lana, que se pegaba a sus llagas y las abría. A su alrededor sólo había crueldades, pero su boca rezaba y sus ojos perdonaban.

[…] Cuando Jesús llegó a este sitio ya no podía andar. Pero, como los verdugos tiraban de él y lo empujaban sin misericorida, se cayó a lo largo contra esta piedra, y la cruz cayó a su lado. […] En vano Jesús tendió la mano para que lo ayudasen. «¿Ah! exclamó, pronto se acabará todo», y rogó por sus verdugos. […] A ambos lados del camino había mujeres llorando y niños asustados. Sostenido por un socorro sobrenatural, Jesús levantó la cabeza, y aquellos hombres atroces, en lugar de aliviar sus tormentos, le pusieron entonces la corona de espinas.
[…] La Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las manos, y uno de esos hombres preguntó: «¿Quién es esta mujer que se lamenta?», y otro respondió: «Es la Madre del Galileo». Cuando los miserables oyeron tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa Madre, y uno de ellos cogió en sus manos los clavos con que debían clavar a Jeús en la cruz, y se los mostró a la Santísima Virgen, burlándose. […] (Jesús) echó una mirada de compasión sobre su Madre, tropezó y cayó por segunda vez sobre sus rodillas y manos.
[…] Tras recorrer un tramo más de calle […] al pasar sobre una piedra gruesa, tropezó y cayó: la cruz se deslizó de su hombro y quedó a su lado, y ya no se pudo levantar. Algunas personas […] exclamaban, compasivas: «¿Mira este pobre hombre, está agonizando!»; pero sus enemigos no tenían piedad de Él.


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